Bar Celta. Crédito: Luis Papagno
Por Alejandro Tropea
Esta es una historia personal, una historia de amistad y literatura, una descripción de emociones y sentimientos, una deuda que debía saldar. Una historia que se inició en el mundo físico y continuó en la red, y que por estar los dos, él y yo, a medio camino entre el arte y la ciencia, creo que se justifica publicar en este blog.
¿ Azar o destino?
Conocí a Luis Papagno a comienzos de 2014 en condiciones lo suficientemente fuera de lo común (de lo que suele ser común en mi vida) como para preguntarme si fue más destino que azar. Para empezar ¿alguien habrá reparado en el detalle que el apellido Papagno está a solo una letra de distancia de Papageno, el inefable personaje de La flauta mágica, esa obra cumbre del arte cuya historia se las trae, con sus vínculos a Eros y Tánatos, a dioses moribundos y a otros asuntos de la mente y el alma tan inquietantes como abisales? Yo sí reparé en eso, de loco detallista nomás o por mi amor a esa obra polisémica que sutilmente se bifurca una y otra vez como un jardín de senderos borgeanos a través de las venas de la condición humana.












